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Poco para celebrar / Análisis de Ricardo Ávila

Cumplir los treinta años es algo que, para un buen número de personas, constituye todo un hito. Muchos consideran el salto en el calendario como el comienzo de una época más madura, tras el aprendizaje de la infancia, la rebeldía de la adolescencia y los excesos de la juventud.

Quizás por ello, una gran celebración para marcar el cambio de década es lo usual. Pero no fue ese el caso del Ministerio de Comercio Exterior, que hace unos días alcanzó la treintañez, tras haber sido creado en octubre de 1991 por la administración de César Gaviria.

Como dice la conocida expresión, mucha agua ha corrido bajo los puentes desde ese entonces. Pero en lo que atañe a la mayor inserción de Colombia en las corrientes del intercambio global, la verdad es que hay poco que contar.

Según lo mostró la Misión de Internacionalización que entregó su reporte en agosto pasado, el peso del comercio exterior en la economía prácticamente es el mismo de siempre. Como si eso no fuera poco, las ventas externas siguen concentradas en los mismos productos de antes y casi en iguales mercados.

No se suponía que las cosas salieran así. Como lo recuerda el experto Martín Gustavo Ibarra, quien recibió de Marta Lucía Ramírez –por ese entonces directora del Incomex– el encargo de coordinar el equipo de consultores que propuso el diseño de la estructura y las funciones de la nueva entidad, había un gran entusiasmo.

“Las metas eran ambiciosas –señala–, pues de un nivel de exportaciones que equivalía al 60 por ciento del per cápita del mundo, se buscaba llegar al ciento por ciento. De cumplirse ese propósito, la participación del país en el intercambio global subiría del cuatro por mil, a por lo menos el doble”.

En contraste, los datos muestran que las ventas externas por habitante son actualmente apenas un 27 por ciento de la media del planeta y que el peso en el total comerciado, en lugar de duplicarse, ahora es la mitad. Puesto de otra manera, tan solo retornar al punto de partida implicaría un esfuerzo enorme.

Errores y omisiones
Al observar semejante comportamiento no faltará quien diga que Colombia está replicando su experiencia, incluso antes de ser una república independiente. Aparte de que durante siglos el Virreinato de la Nueva Granada fue, sobre todo, un gran exportador de oro, cuando España relajó sus normas respecto a lo que podían comerciar sus colonias, el gran salto lo dieron México, Argentina o Perú.

A lo largo del siglo XIX tampoco cambiaron mucho las cosas, más allá de auges de corta duración gracias al tabaco o la quina. El oro siguió siendo la principal fuente de recursos externos, hasta el surgimiento del café, que acabaría siendo determinante para la economía durante la gran mayoría del siglo XX, antes de ser desplazado por el petróleo en el primer renglón de las ventas externas a partir de 1986.

Son múltiples las razones que explican lo sucedido. La geografía y las pobres vías de comunicación que hacían difícil llevar bienes a los puertos, en general alejados de las principales capitales, son una causa. Pero también influyó una mentalidad proteccionista que hizo más atractivo concentrarse en el mercado interno, en donde los márgenes eran más altos.

Y esa reticencia a la hora de acercarse a lo foráneo no solamente se vio en el plano comercial. La Misión de Internacionalización destacó cómo hasta 2015 –cuando los venezolanos comenzaron a abandonar su país impulsados por la crisis– la proporción de migrantes en el territorio nacional era una de las más bajas del mundo, en comparación con otros países.

Dicho aislamiento relativo trató de romperse con la política de internacionalización que se aprobó en las postrimerías del gobierno de Virgilio Barco, la cual recibiría un empuje definitivo durante el de Gaviria. La creencia era que la combinación de esquemas de integración comercial audaces, junto con instituciones especializadas y políticas estables, derivaría en mayores exportaciones e importaciones.

Sin desconocer algunos casos de éxito, las cosas no resultaron tan bien. No hay duda de que las ventas externas aumentaron, pero las del resto del mundo lo hicieron más rápido. Como si eso fuera poco, los propósitos de ampliar el abanico de bienes más allá de la minería y la agricultura sufrieron un golpe muy significativo cuando se cerraron las puertas del mercado venezolano.

Para la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, el país pagó el costo de sus errores. “Abandonamos la política de encadenamientos productivos que buscaba desarrollar manufacturas y servicios con el fin de aumentar el valor agregado y abrir nuevos mercados”, afirma. “En cambio, nos dedicamos a hacer acuerdo de libre comercio y dejamos sola a la industria, que no contó con los créditos de largo plazo que requería para reconvertirse”, agrega.

A su vez, Mauricio Reina, investigador de Fedesarrollo, opina que “la gran mayoría de los empresarios colombianos han preferido explotar el mercado doméstico que aventurarse a probar suerte por fuera, a lo cual contribuyeron dos circunstancias: el auge minero-energético que presionó la tasa de cambio hacia abajo y los sesgos antiexportadores que se expresan en un buen número de barreras no arancelarias que hacen más atractivo abastecer el consumo interno”.

Tampoco se pueden pasar por alto otros asuntos. La decisión de juntar la dirección de impuestos y aduanas en la Dian de hoy le acabó dando más énfasis al objetivo del recaudo tributario y menos al uso de instrumentos para promover el comercio exterior. Mecanismos como el Plan Vallejo empezaron a operar menos bien, mientras que un consejo rector que debía encabezar el Presidente de la República nunca llegó a reunirse.

Mirar hacia adelante
Pero más allá de lamentarse por lo que pudo ser y no fue, la pregunta es si Colombia será capaz de enmendar la plana, tanto para recuperar el terreno perdido como para mostrar cifras que sean compatibles con su realidad. Sobre el papel, y de acuerdo con los estándares internacionales, las exportaciones son menos de la mitad de lo que deberían ser, de acuerdo con el tamaño de la economía y la cantidad de población.

Avanzar en ese terreno se traduciría no solo en ventas más altas, sino también en un mayor crecimiento del producto interno y en una importante generación de empleo. Uno de los retos es formar parte de las cadenas globales de valor, a las cuales está vinculado el 55 por ciento del comercio mundial, pero que en el caso colombiano apenas llega al 10 por ciento.

Mejorar en ese campo es un requisito, entre otras porque el país muestra un déficit persistente y de gran tamaño en su balanza comercial. La semana pasada, el Dane reportó que el saldo en rojo en la diferencia entre exportaciones e importaciones llegó a 1.624 millones de dólares en agosto, el nivel más alto desde julio de 2015.

De tal manera, el acumulado de los últimos doce meses subió a 13.476 millones de dólares, una cifra que equivale al 4,5 por ciento del tamaño de la economía. Aunque un desbalance no necesariamente es malo, el de Colombia es de tal magnitud que inquieta a los analistas.

Y aunque la brecha externa podría reducirse pronto si los precios de renglones como petróleo, carbón, café o níquel continúan arriba, seguir dependiendo de productos básicos no es aconsejable por su comportamiento cíclico. De ahí la insistencia en hacer la tarea pendiente, para que los treinta años que vienen no sean como los que acaban de pasar.

Sobre el tema, la ministra de Comercio, Ximena Lombana, afirma que esa fue precisamente la razón que llevó a la conformación de la Misión de Internacionalización, que del lado gubernamental estuvo liderada por la vicepresidenta y cuyo comité directivo incluyó, entre otros, al profesor de la Universidad de Harvard Ricardo Hausmann. Dividido en cuatro grandes capítulos (individuos, empresas, comercio de bienes y servicios e instituciones), el trabajo constituye un aporte muy valioso, si se traduce en decisiones concretas.

“No estamos interesados en que estas recomendaciones se queden simplemente reposando en los anaqueles”, sostiene la funcionaria. “Estamos terminando de definir un plan de implementación de corto plazo que involucra al Gobierno y contiene una estrategia de regionalización, que incluye la debida socialización con el sector privado”, explica la ministra Lombana.

Para que se vean los cambios, el esfuerzo requiere ser de largo aliento. “Hay que poner en marcha una política que permita disminuir el costo país y el desarrollo de distintos sectores”, señala el presidente de Analdex, Javier Díaz. Y añade: “Desregular y facilitar las cosas es un requisito porque hacer comercio exterior en Colombia sigue siendo costoso y difícil”.

Martín Gustavo Ibarra ve perspectivas alentadoras en medio de las complejidades actuales. “Por paradójico que suene, no estamos en un momento crítico en lo que respecta al comercio internacional, pero hay que poner manos a la obra”, anota el consultor.

En su concepto, hay varias áreas con enorme potencial que requieren atención y foco, comenzando por el llamado nearshoring, que abarca la intención de una serie de industrias de reubicarse o abrir operaciones de este lado del Pacífico, en respuesta a las tensiones entre Estados Unidos y China. “Tanto la localización geográfica como los 17 acuerdos de libre comercio suscritos, al igual que el régimen de megainversiones y zonas francas nos hacen muy atractivos”, sostiene el experto.

A lo anterior se suman las posibilidades del país en lo que se refiere al cobre, un mineral clave en el proceso de transición energética que vive el mundo. Aquí el desafío es que el país logre impulsar encadenamientos industriales en campos como generación de electricidad o movilidad, a partir de las aplicaciones de un metal con múltiples usos.

Ibarra también destaca el comercio transfronterizo electrónico, impulsado por la pandemia. Estar en el centro del continente, con buenas conexiones aéreas y una buena cantidad de aeropuertos, hace viable despachar rápidamente un bien elaborado aquí, para que sea entregado en otra latitud en cuestión de horas. “Estamos a un clic de distancia”, recuerda.

La lista sigue con lo que se puede lograr en agroindustria. Es una gran contradicción que con tierra cultivable y agua abundantes, el país exporte 150 dólares en productos alimenticios anualmente, cuando el promedio latinoamericano es de 400 dólares por habitante. El éxito del aguacate es una muestra de que se puede crecer rápidamente y abastecer una demanda global que seguirá en aumento.

Una opción no menos importante son los nuevos servicios, asociados a trabajo remoto, call centers, data centers o medicina a distancia. En la medida en que la conectividad mejora y la edad promedio de la población tiende a aumentar, surgirán otros campos que se complementarán con aquellos en los que ya se ha avanzado como software o aplicaciones tecnológicas.

Todo lo anterior muestra que es posible enmendar la plana, lo cual pasa por aprender de los errores del pasado, fijar una política que sea más de Estado que de gobierno y contar con una buena dosis de liderazgo. De acuerdo con Ibarra, llegar a exportar 122.000 millones de dólares al año –el triple de lo proyectado para 2021– no es una quimera, pero exige “colocar la internacionalización como una de las más importantes prioridades del país”.

En medio de tantas urgencias, volver realidad los sueños no será fácil. Pero no queda de otra, si se trata de progresar más rápido. Por eso es mejor tener claro que solo cuando empiecen a verse resultados concretos, habrá verdaderos motivos para celebrar la transformación del comercio exterior colombiano.

Archivo Original:

Redacción: El Tiempo

Imágenes: Archivo El Tiempo

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